viernes, 13 de febrero de 2009

Todas las noches me embarco en sueños




En el barco que parte de Atenas se escuchan jirones de todas las lenguas. Dos mochileros enamorados -ella italiana, él parece francés- descubren que mirarse será esa noche la casa de ambos. Los viajeros se ponen cómodos en cubierta, se abrigan con una sudadera y reciben la brisa del Egeo en las mejillas como se siente el beso de un viejo amigo. Más de 12 horas de travesía desde la capital griega hasta las Cícladas son la única frontera que separa a los navegantes (nosotros) del paraíso perdido de playas solitarias, dédalos luminosos de calles blancas y una mitología de olas atacando las playas doradas. La auténtica Grecia es más de 2.000 fragmentos de un país con el corazón de agua.
Desde el puerto de El Pireo (Atenas) parten los ferrys, auténticos autobuses para surcar el Egeo. Un transporte económico y romántico en el que los turistas, asomados al balcón de cubierta, toman el sol y sienten el viento curtiendo su piel y meciendo el buque. El barco -una gran bañera que abre sus entrañas a los viajeros como si fuera un caballo de Troya- viaja lleno de mochileras italianas, hippies noruegos, jubilados alemanes, fotógrafos japoneses, pijas francesas y algún hooligan inglés. Y todos, aunque por distintos motivos, buscan el regreso al Edén, un lugar mágico de monumentos inesperados, de pueblos como tesoros. Algunos beben su primer vaso de ouzo, el licor griego.
Corfú, Creta, Rodas, las Cícladas, las Jónicas, Lesbos... Sin ellas no existe Grecia, tierra pespunteada en el mar, de siglos modelando la artesanía del mito, de paisajes de postal tan bellos que dejan a los poetas sin trabajo. Ya lo dijo Henry Miller: «Aquí uno siente el deseo de bañarse en el cielo, librarse de la ropa, correr y, de un salto, sumergirse en el gran azul». Junto a Josep Pla, Lord Byron y Lawrence Durrell, forman el cuarteto de escritores célebres fascinados con estas islas legendarias.
Al alba, los viajeros se despiertan en sus sacos de dormir y escrutan el horizonte en busca de tierra firme como si fueran sacerdotes frigios. Un grupo de italianas se pone a tomar el sol a las nueve de la mañana. El astro rey se levanta rápido, se convierte en el ojo desnudo de Dios y le ciega a uno. Desde bien temprano, dos colores monopolizan el paisaje: el blanco y el azul, los tonos de la bandera griega.
Aparece a lo lejos Paros, que se despereza como una vieja tortuga.Un primer vistazo descubre la organización anárquica de sus calles y plazas, que aquí aspira a ser música.
Decenas de lugareños se acercan al puerto cuando un barco se atisba y, como sucede en el resto de las islas, ofrecen habitaciones en alquiler de sus propias casas por 15 euros la noche, que produce apasionados regateos y felices encuentros sellados con un apretón de manos. Los viajeros se dispersan después por el laberinto de hogares con la ropa secándose al sol en cada balcón y brillando como banderas.
Los griegos, aficionados también a ese yoga ibérico que es la siesta, entienden que el futuro está en conocer varios idiomas.Por eso, aquí sabe inglés hasta el anciano que pasa por la playa en burro vendiendo melones.
Naxos, la tierra de Dionisos, la isla más extensa de las Cícladas, está menos contaminada por el turismo que el resto, por eso aún quedan espacios vacíos, playas perdidas y un interior de valles agrícolas. Cuando el viajero se baña en sus cálidas y cristalinas aguas, descubre que a pocos metros se erigen las ruinas de un templo dedicado a Apolo con 3.000 años de antigüedad. Es lo que tiene veranear en la morada de los dioses.
Tonos del paisaje: malva, verde, masilla, amarillo, cobalto, escarlata, azul celeste... Santorini, la perla del archipiélago de las Cícladas, es una extraña ínsula volcánica que se hundió 1.000 años antes de nacer Cristo -allí sitúan la antigua Atlántida de Platón- y de la que sólo quedó el cuello de botella del volcán.Sus casas están colgadas de los acantilados multicolores de 250 metros de altura, las playas son de arena negra, del mismo color que cabello de las mujeres griegas. El largo viaje vale la pena para alcanzar la laguna central, la caldera de Santorini, que más parece un puerto espacial salido de La guerra de las galaxias que una isla del Egeo. Contemplar el ocaso del sol desde las alturas del exclusivo Café del mar resulta una sensación pecaminosamente indescriptible. La realidad es tan asombrosa que prosa y poesía, por mucha calidad que tengan, siempre irán por detrás.
Lord Byron, que se enamoró de las Cícladas y quiso comprar la isla de Itaca, adivinó la vertiente mágica de Santorini: «Donde quiera que pisemos, es tierra sagrada y de fantasmas».
Aunque la afluencia de turistas es más alta en Santorini que en el resto de las islas, no hay problema para encontrar una habitación económica, comida mediterránea de calidad en cualquier restaurante y espacio libre en la playa. Lawrence Durrell definió así ese lugar: «Se tiene la sensación de que sólo el paraíso podría ser así, una composición tan al azar y, no obstante, tan armoniosa. Aquí, la geometría plana cobra alas y se vuelve curva». Igualito que Benidorm con sus bizarros rascacielos, vamos.
Es fácil saltar de una isla a otra. Por cuatro o cinco euros se puede pasar del desenfreno nocturno de Ios a Anafi, un lugar aislado del mundo lleno de playas -que podrían competir en belleza con Goa (la India) o Koh Phangan (Tailandia)- que posee 30 casas y kilómetros de calas casi inaccesibles y desiertas. Existe en las Cícladas un contraste de arenas blancas o negras, de vegetación abrupta o aridez infinita, de cigarras de día y grillos de noche. El viajero disfruta de ciudades diseñadas por dioses distraídos, pueblos hospitalarios, ventanas azules, cúpulas celestes coronando capillas ortodoxas, velas blancas en el horizonte, café frapé...
Ya de vuelta, los mochileros suben al barco, se despiden de sus amores de verano y se van marcados, a fuego por la experiencia y el sol, sin dinero en los bolsillos. Por no llevar, no les queda ni la moneda para Caronte. Lo mejor es afrontar el viaje sin preparativos previos, sin paquetes vacacionales, sin dictaduras temporales y buscar el paraíso escondido en algún lugar entre las cloacas y las estrellas.
Yo ya he ido cinco veces. La última vez hasta pregunté por el precio de las casas.

1 comentario:

El taller de Curra dijo...

Kalimera..!!

Me ha apasionado la descripción que has hecho de grecia, una delicia leer tus entradas, la descripción que haces sobre las islas y el viaje en barco es sencillamente genial, yo soy una apasionada de ese pais, aunque tú me ganas.. solo he ido 3 veces, dos a mikonos y una a atenas y no cuento el crucero que hice por las islas, en el que me embarcó mi ex (forofo de los cruceros y "medio de transporte" y de hacer turismo que odio con todas mis fuerzas)

No me extraña que preguntaras por el precio de las casas, a mi también me encantaría perderme por allí..!!!

Saludos